Café Central, por Carlos Garrido

Una entrega más de Cafés de Palma por Carlos Garrido, en el suplemento dominical del Diario de Mallorca, esta semana sobre el Café Central:
La vida de un café está marcada por el entorno. No sólo desde un punto de vista urbanístico y monumental, sino también teniendo en cuenta el elemento humano. El
Café Central es un buen ejemplo de ello. Teniendo en cuenta que se encuentra a dos pasos del Teatre Principal, frente al Gran Hotel y al lado mismo del Forn del Teatre, ¿cómo ser otra cosa que un café de artistas? El local data nada menos que de 1905, de manera que es contemporáneo al Gran Hotel. Era conocido en sus inicios como Can Rostida, porque ese era el “malnom” de su primer propietario, que también lo era del
Forn del Teatre. Inicialmente no tenía nada que ver con su aspecto actual. En aquellos tiempos las barras eran minúsculas, y en este caso se encontraban a la izquierda, al borde de lo que hoy son los escalones que descienden al salón del fondo. El local conoció varias reformas, y pasó a manos de Joan Moyà y Toni Albertí en la década de los años 30. Empezó entonces una saga que continúa todavía hoy, ya que en 1937 entró a trabajar Joan Tudurí, cuyo hijo Biel es uno de los actuales tres socios. “Per aquí han passat cinc generacions”, dice con orgullo. Y es que se da la circunstancia de que algunos  clientes son biznietos de los primeros que frecuentaban el bar, y a su vez ellos ya son abuelos. Es decir, que la cadena de las generaciones
ha pasado un día sí y otro también por este recoleto local, cuya marquesina modernista es una de las señas de identidad. Todavía se recuerda la decoración totalmente sesentera que duró hasta la reforma de los años 80: globos de plástico, mesas de formica. La fotografía que ilustra este reportaje corresponde a Pep García,
uno de los actuales socios, cuando trabajaba de camarero en 1987.
El Central tenía una clientela de lujo. Del teatro llegaban figuras como Fernando Fernán Gómez, Aurora Redondo, Alfredo Mayo o Xesc Forteza. Otro habitual era Robert Graves, con su sempiterno sombrero de ala y su cesta del hombro.
El Central era también un bar de periodistas, y fue la sede de la primera peña del Mallorca, que tenía el nombre del establecimiento. Con tanto artista
y escritor no era extraño que se montasen animadas tertulias, en el transcurso de las cuales alguno hacía de rapsoda y se ponía en pie para recitar
un poema. O incluso participaba un músico con un concierto de ocasión. “Tot era familiar i entranyable”, recuerda Tudurí.
Luego, con la reforma del Gran Hotel como Arriba, el conocido local. Abajo, Pep García, uno de los actuales socios, cuando trabajaba de camarero en 1987. sede del Instituto Nacional de Previsión y los Juzgados, también se convirtió en un bar de funcionarios, abogados y jueces. El Central pertenece a la división de honor de los cafés palmesanos: como el Bosch, el Formentor, el Miami, el Lírico…
Y para el que esto escribe tiene un elemento importantísimo: el altillo. Esa pieza elevada era característica de los bares de antes, pero ha ido desapareciendo
con los años. El altillo siempre fue un espacio bohemio, un poco secreto, inspirador.
Uno se pasó muchas horas escribiendo en altillos como el del bar Central, que acababan por convertirse en una especie de oficina de la creación. Allí, además de algunas curiosas ilustraciones de época, se conservan unas mesas de mármol negro
que tienen 90 años de historia. ¡La de cosas que habrán visto! Hoy, el Central es un lugar famoso por sus cafés y sus bocadillos, con un pan que traen expresamente para fabricar los celebrados “entrepans de formatge i anxova”. 
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