Un placer de color gris

Carlos Garrido

Ya he comentado en alguna ocasión lo mucho que me gusta desayunar por las mañanas en algún bar cercano al estudio, y detenerme a leer el periódico con relativa calma 🙂 Pues bien, hoy un periodista al que valoro y respecto muchísimo, Carlos Garrido, ha dedicado un entrañable artículo a reflexionar sobre precisamente ese momento, el de la lectura matutina del diario, y las tertulias espontaneas que se suelen dar entre los parroquianos del lugar.

Leer el periódico. Carlos Garrido. (Diario de Mallorca 06/03/2008)

En su libro “Sin tiempo para morir”, Jean Schalekamp dedica largas descripciones al momento inaugural del día. Llegar a un bar, coger el diario, sentarse delante de un café aromático, y leer pausadamente el periódico dejándose llevar por la calma y la profundidad del momento.
Probablemente sea esta una virtud de otra época. Porque la gente joven ya no está por estos menesteres. Pero para muchas generaciones, leer el periódico en el desayuno constituye una forma de aterrizar en el mundo, un paréntesis antes del trabajo cotidiano.
Sin embargo, no siempre somos conscientes de la envergadura y significación de ese acto ritual. Sólo escritores lúcidos como Schalekamp lo colocan en su debido sitio. Y sólo somos capaces de apreciarlo cuando sucede algún tropiezo.
Durante años, he ido a desayunar al mismo café. Y el hecho natural de leer el periódico acabó creando una pequeña comunidad. Desde el añorado Justo González, hasta los directivos de varios bancos de los alrededores, un empresario de seguros, un miembro del cuerpo de bomberos… Todos unidos por el hecho galante y civilizado de pasarnos el diario, saludarte cada mañana, hacer algunos comentarios. El curioso como se acaba formando una sociedad en miniatura en la cual incluso se comentan las ausencias. “Pues el director de la sucursal hace dos días que no ha venido”.
De todo ello te das cuenta el día en que, al llegar, te encuentras las puertas del café cerradas. Con sorpresa, acudes a otro local inmediato y allí está uno de los “periodiquistas”, con aspecto desolado. “¿Has visto? Qué desastre. Lo han traspasado”. Lo que era una comunidad compacta, capaz de relacionarse sólo por el hecho de pasarse el periódico, queda de repente en una diáspora penosa. No saben donde reubicarse, se pierden los contactos. Es como si hubiesen disuelto una tertulia. Y entonces te das cuenta que el hecho de leer el diario no es sólo solitario. También implica una cierta comunicación social, una comunidad casi estética de lugar, aromas desayunísticos, tiempo muerto para pensar y leer. Algo a lo que quizás no le concedemos la importancia debida.

No Comments

Post A Comment